Soy monorrena, vivo con un solo riñón, debido a una nefrectomia radical del riñón izquierdo realizada como consecuencia de un tumor renal

Desde esta nueva vida, surge en mi la necesidad de comenzar a utilizar este espacio con el fin de aportar conciencia e información sobre prevención de esta enfermedad. La única manera de prevenir es estar informados y prestarle atención a nuestro cuerpo.

Es desde este lugar, que me atrevo a proponer e invitar a transitarlo juntos…

¿Me acompañas?

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domingo, 9 de septiembre de 2012

Enseñanza...


Un joven discípulo concurre a un monasterio a fin de adquirir una formación humanista. 

Tres maestros le imparten diferentes enseñanzas de transformación espiritual. 

Pero sólo la acción individual otorga el conocimiento. Los maestros apenas pueden señalar las puertas que cada uno debe cruzar. EL REQUISITO ES VIVIR ALERTA Y A CONCIENCIA , CENTRADO ENUNO MISMO -



Carlos Farré. La ceremonia del té y la calidad de vida - editorial Emecé .





sábado, 4 de febrero de 2012

Los Anteojos de Dios...

El cuento trata de un difunto. Anima bendita camino del cielo donde esperaba encontrarse con Tata Dios para el juicio sin trampas y a verdad desnuda. Y no era para menos, porque en la conciencia a más de llevar muchas cosas negras, tenía muy pocas positivas que hacer valer. Buscaba ansiosamente aquellos recuerdos de buenas acciones que había hecho en sus largos años de usurero. Había encontrado en los bolsillos del alma unos pocos recibos "Que Dios se lo pague", medio arrugados y amarillentos por lo viejo. Fuera de eso, bien poca más. Pertenecía a los ladrones de levita y galera, de quienes comentó un poeta: "No dijo malas palabras, ni realizó cosas buenas".
Parece que en el cielo las primeras se perdonan y las segundas se exigen. Todo esto ahora lo veía clarito. Pero ya era tarde. La cercanía del juicio de Tata Dios lo tenía a muy mal traer.
Se acercó despacito a la entrada principal, y se extraño mucho al ver que allí no había que hacer fila. O bien no había demasiados clientes o quizá los trámites se realizaban sin complicaciones.
Quedó realmente desconcertado cuando se percató no sólo de que no se hacía fila sino que las puertas estaban abiertas de par en par, y además no había nadie para vigilarlas. Golpeó las manos y gritó el Ave María Purísima. Pero nadie le respondió. Miró hacia adentro, y quedó maravillado de la cantidad de cosas lindas que se distinguían. Pero no vio a ninguno. Ni ángel, ni santo, ni nada que se le pareciera. Se animó un poco más y la curiosidad lo llevó a cruzar el umbral de las puertas celestiales. Y nada. Se encontró perfectamente dentro del paraíso sin que nadie se lo impidiera.
-¡Caramba — se dijo — parece que aquí deber ser todos gente muy honrada! ¡Mira que dejar todo abierto y sin guardia que vigile!
Poco a poco fue perdiendo el miedo, y fascinado por lo que veía se fue adentrando por los patios de la Gloria. Realmente una preciosura. Era para pasarse allí una eternidad mirando, porque a cada momento uno descubría realidades asombrosas y bellas.
De patio en patio, de jardín en jardín y de sala en sala se fue internando en las mansiones celestiales, hasta que desembocó en lo que tendría que ser la oficina de Tata Dios. Por supuesto, estaba abierta también ella de par en par. Titubeó un poquito antes de entrar. Pero en el cielo todo termina por inspirar confianza. Así que penetró en la sala ocupada en su centro por el escritorio de Tata Dios. Y sobre el escritorio estaban sus anteojos. Nuestro amigo no pudo resistir la tentación — santa tentación al fin — de echar una miradita hacia la tierra con los anteojos de Tata Dios. Y fue ponérselos y caer en éxtasis. ¡Que maravilla! Se veía todo clarito y patente. Con esos anteojos se lograba ver la realidad profunda de todo y de todos sin la menor dificultad. Pudo mirar profundo de las intenciones de los políticos, las auténticas razones de los economistas, las tentaciones de los hombres de Iglesia, los sufrimientos de las dos terceras partes de la humanidad. Todo estaba patente a los anteojos de dios, como afirma la Biblia.
Entonces se le ocurrió una idea. Trataría de ubicar a su socio de la financiera para observarlo desde esta situación privilegiada. No le resulto difícil conseguirlo. Pero lo agarró en un mal momento. En ese preciso instante su colega esta estafando a una pobre mujer viuda mediante un crédito bochornoso que terminaría de hundirla en la miseria por sécula seculorum. (En el cielo todavía se entiende latín). Y al ver con meridiana claridad la cochinada que su socio estaba por realizar, le subió al corazón un profundo deseo de justicia. Nunca le había pasado en la tierra. Pero, claro, ahora estaba en el cielo. Fue tan ardiente este deseo de hacer justicia, que sin pensar en otra cosa, buscó a tientas debajo de la mesa el banquito de Tata Dios, y revoleándolo por sobre su cabeza lo lanzó a la tierra con una tremenda puntería. Con semejante teleobjetivo el tiro fue certero. El banquito le pegó un formidable golpe a su socio, tumbándolo allí mismo.
En ese momento se sintió en el cielo una gran algarabía. Era Tata Dios que retornaba con sus angelitos, sus santas vírgenes, confesores y mártires, luego de un día de picnic realizado en los collados eternos. La alegría de todos se expresaba hasta por los poros del alma, haciendo una batahola celestial.
Nuestro amigo se sobresalto. Como era pura alma, el alma no se le fue a los pies, sino que se trató de esconder detrás del armario de las indulgencias. Pero ustedes comprenderás que la cosa no le sirvió de nada. Porque a los ojos de Dios todo está patente. Así que fue no más entrar y llamarlo a su presencia. Pero Dios no estaba irritado. Gozaba de muy buen humor, como siempre. Simplemente le preguntó qué estaba haciendo.
La pobre alma trató de explicar balbuceando que había entrado a la gloria, porque estando la puerta abierta nadie la había respondido y el quería pedir permiso, pero no sabía a quién.
-No, no — le dijo Tata Dios — no te pregunto eso. Todo está muy bien. Lo que te pregunto es lo que hiciste con mi banquito donde apoyo los pies.
Reconfortado por la misericordiosa manera de ser de Tata Dios, el pobre tipo fue animado y le contó que había entrado en su despacho, había visto el escritorio y encima los anteojos, y que no había resistido la tentación de colocárselos para echarle una miradita al mundo. Que le pedía perdón por el atrevimiento.
-No, no — volvió a decirle Tata Dios — Todo eso está muy bien. No hay nada que perdona. Mi deseo profundo es que todos los hombres fueran capaces de mirar el mundo como yo lo veo. En eso no hay pecado. Pero hiciste algo más. ¿Qué pasó con mi banquito donde apoyo los pies?
Ahora sí el ánima bendita se encontró animada del todo. Le contó a Tata Dios en forma apasionada que había estado observando a su socio justamente cuando cometía una tremenda injusticia y que le había subido al alma un gran deseo de justicia, y que sin pensar en nada había manoteado el banquito y se lo había arrojado por el lomo.
-¡Ah, no! — volvió a decirle Tata Dios. Ahí te equivocaste. No te diste cuenta de que si bien te había puesto mis anteojos, te faltaba tener mi corazón. Imagínate que si yo cada vez que veo una injusticia en la tierra me decidiera a tirarles un banquito, no alcanzarían los carpinteros de todo el universo para abastecerme de proyectiles. No m’hijo. No. Hay que tener mucho cuidado con ponerse mis anteojos, si no se está bien seguro de tener también mi corazón. Sólo tiene derecho a juzgar, el que tiene el poder de salvar.
-Volvete ahora a la tierra. Y en penitencia, durante cinco años reza todo los días esta jaculatoria: "Jesús, manso y humilde de corazón dame un corazón semejante al tuyo".
Y el hombre se despertó todo transpirado, observando por la ventana entreabierta que el sol ya había salido y que afuera cantaban los pajaritos.
Hay historias que parecen sueños. Y sueños que podrían cambiar la historia.





Autor: Padre Mamerto Menapace  OSB
Libro: “Cuentos Rodados”, Editora Patria Grande, Buenos Aires

jueves, 26 de enero de 2012

Los Guerreros...


Los guerreros mayas se creían invencibles: decían que eran los cimientos del cielo.
Estaban entrenados para defender lo más sagrado: ellos impedirían que nada ni nadie perturbara la tranquilidad de lo que cuidaban, nada más y nada menos que el cielo.
Pero más allá de esto que consideraban su misión, eran un pueblo alegre, navegaban paisajes hermosos, cantaban juntos, elevaban sus voces, unían sus almas. Iban casi desnudos, despreocupadamente por la vida.
Ellos agradecían porque eran guerreros.
Eso los hacía fuertes, poderosos, eternos, hermosos. A lo único que le temían, era al enojo del ser supremo. Por eso siempre cantaban: alegraban al Señor… disfrutaban de la vida.
Cuando llegaron los barcos, aunque desconfiados, les mostraron una sonrisa.
-          ¿No tienen miedo? – le preguntó Hernán Cortes a Cuauhtémoc.
Él sonrió y dijo: - ¿Por qué?... Si somos los cimientos del cielo y aquí es todo tan hermoso. ¿A qué deberíamos temerle?
A partir de aquí, los idealistas, soñadores y aventureros que venían en los barcos, se dieron cuenta de que no estaban frente al enemigo.
Los grandes guerreros del universo los habían recibido desarmados, con el pecho abierto y el alma inocente.
Ya sabemos que detrás de los soñadores, estaban ellos, que no eran más que lo negro del mundo.
La humanidad se divide solamente en tres razas: los guerreros, los que abusan de ellos, y los que todavía no entendieron.
Un guerrero defiende, preserva, cuida, pero nunca presenta batalla… si ama la vida.
Los que se abusan de ellos no saben, por eso son grandes estrategas (aunque a veces hay pequeños estrategas domésticos), manipulan sentimientos, y se sienten tan astutos como para comerse a cualquier guerrero.
La historia fue cruel.
Es por eso… que te pido un pequeño esfuerzo para no repetirla.
No me presentes batalla. Vine hasta aquí sin armas. Traigo nada más que una cantidad enorme de ilusiones, porque soy una autentica guerrera.
Yo tengo un refugio, no un escondite.
Te ofrezco mi tierra donde crecen flores, mi alma que canta, mis ojos que lloran y ríen, e igualmente lloran.
¿Sabés…?
Un guerrero de ley es un ingenuo. Defiende lo que ama con su vida, con sus sueños. Un guerrero pone la espalda para levantar a los caídos. Un guerrero se la banca, no huye. Jamás invade la tierra ajena.
Ser una guerrera no es fácil. Causa un poco de desconfianza, de temor. La gente debería saber que hay que temerles a los otros, a los que quieren la guerra.
A veces creo que quieren exterminar a los guerreros para caminar impunemente por la vida.
No me interesan tus armas, tus escondites, tus estrategias. Es más simple…, yo te quiero sin armaduras, descascarado, sereno, despatarrado, con o sin malhumor.
Y sé que es mucho lo que pido, pero…
Te aviso, mejor dicho te amenazo: no me pienso defender. Al primer ataque puedo morir, pero te aseguro que vale la pena correr el riesgo. A lo mejor, cuando lances el primer grito de guerra y a mí no se me mueva un pelo, te vas a dar cuenta de que lo único que quiero es un abrazo del alma, que no hace daño, que te hace más noble, más rico, más fuerte.
¿Será difícil entender eso?
Yo, una autentica guerrera, camino desarmada…
Y puede ser que me claven otro puñal por la espalda. No me importa. Los guerreros nos levantamos, obviamente después de sufrir el desengaño, que duele más que cualquier puñalada. Pero con esas marcas seguimos, porque cada una de ellas lleva escondida una historia.
Por eso… cuando me mires y yo sonría, entendé que te miro sin maquillaje. Ponete el pijama y no temas a la multitud que intenta que formes parte de su ejército de muñecos: ellos son los que todavía no entendieron nada.
Aquí hay una guerrera. Te puedo cuidar hasta que recuperes los ideales que tuviste alguna vez, y que seguramente perdiste en alguna batalla.
Desde mi territorio… lejos del tuyo.
Éste será nuestro secreto.
Difícilmente comprendan que no todo está perdido.
Éste es un secreto de nobles, un secreto de pobres, un código de barrio, una alianza de tribus.
Sin palabras.
No hacen falta…

                                                            Patricia Sosa.
Código de barrio (“Los guerreros”).

miércoles, 31 de agosto de 2011

Una historia...


Mientras estaba en un aeropuerto, un padre conversaba con su hija en sus últimos momentos juntos antes que partiera el avión. Se anunciaba la salida del vuelo que ella abordaría y junto a la puerta la escuche que decía:
-          Papi, nuestra vida juntos ha sido más que suficiente.
-          Tu amor es todo lo que siempre necesité y te deseo lo suficiente a ti también – le dijo el padre.
Se besaron para despedirse y ella se dirigió hacia el sector de embarque. Aquel hombre camino hasta la ventana, junto a la silla donde yo estaba sentada. Me di cuenta de que miraba hacia afuera, como queriendo lograr que nadie lo viera mientras las lagrimas brotaban de sus ojos.
Intenté no ser una intrusa en su privacidad, pero al notar mi presencia, me preguntó:
-          ¿Alguna vez dijo adiós a alguien sabiendo que sería para siempre?
-          ¿Por qué es este un adiós para siempre? Pregunté.
-          Soy viejo y ella vivirá muy lejos, estoy bastante delicado de salud y seguramente ya no vuelva a verla.
No pude con mi curiosidad, y por tanto necesité preguntarle algo más, aunque él se diera cuenta de que había escuchado la conversación que mantuvo con su hija.
-          Cuando se despidió de ella, le dijo “te deseo lo suficiente”. ¿Puedo preguntarle qué significa?
Empezó a sonreír, y luego me explico:
-           Ese es un deseo que ha pasado de generación en generación en mi familia. Mis abuelos se lo decían a mis padres, y mis padres a mí. Hizo una pausa y continuo:
-          Cuando nosotros decimos “te deseo lo suficiente”, estamos deseándolo a la otra persona que tenga una vida llena de suficientes cosas buenas que lo sostengan. Luego comenzó a recitar casi de memoria:
Te deseo el suficiente sol para mantener tu actitud brillante. Y también te deseo la suficiente lluvia para apreciar más el sol. Te deseo la suficiente felicidad para mantener tu espíritu vivo. Y el suficiente dolor para que los pequeños placeres de la vida te parezcan más grandes. Te deseo la suficiente ganancia para apreciar todo lo que posees. Te deseo la suficiente ganancia para satisfacer tus deseos. Y la suficiente pérdida para apreciar lo que posees. Te deseo los suficientes “holas” para que te ayuden a atravesar amorosamente  algún “adiós final”.
Empezando a sollozar y se alejo…
Y fue entonces cuando realmente comprendí que solo necesito lo suficiente…

sábado, 27 de agosto de 2011

"El arquero Zen..."


Se encontraba el maestro dentro de uno de los salones del monasterio enseñando a su discípulo, el arte del arco y la flecha. A sabiendas que el objetivo de aquel aprendizaje no era la caza precisamente. El maestro, un hombre anciano ya (sin tanta fuerza en sus brazos y con poca vista), tiró y dio en el centro del blanco.
Y el discípulo que practicaba y practicaba no lograba hacerlo, erraba el blanco siempre, y cada tanto se quejaba:
-    Es que aquí no hay suficiente luz”. 
Haciendo referencia a las velas que alumbraban aquel salón. El maestro respondió:
-          Pues, enciende algunas más…
El discípulo fue y encendió más velas. Pero tampoco lograba dar en el blanco y volvió a decir:
-          Quizás la luz no sea suficiente…
El anciano lo miro, hizo una pausa y lentamente le dijo:
-          Por favor, ve y apaga todas las velas…
-          ¿Cómo todas?, respondió el discípulo
-          Si todas...
Y a tientas el maestro le pidió el arco y las flechas, extendió las cuerdas y arrojo la flecha. En el silencio y la oscuridad se escucho cuando partió. Y dijo:
-          Enciende una vela y acércate al blanco…
Efectivamente la flecha estaba en el centro del blanco. Entonces el discípulo miro asombrado a su maestro, y este le dijo:
-          Es que el centro no está afuera, sino adentro…